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Lo que perdió y lo que gana Trump con el acuerdo EE.UU.-Irán

Si Donald Trump (foto) comenzó la guerra con los alardes típicos de los políticos, ahora pretende concluirla con la frialdad pragmática de los empresarios.

 

El acuerdo marco de 14 puntos, cuya firma formal está prevista en Suiza este viernes 19, se ha sido mostrado desde la Casa Blanca como un gran éxito diplomático.

En sus aspectos centrales, el armisticio entre Washington y Teherán se centra en el levantamiento inmediato del bloqueo naval estadounidense, la apertura del estrecho de Ormuz a la navegación libre de peajes, la liberación de hasta 25 mil millones de dólares en activos iraníes congelados y un programa de reconstrucción masivo y condicionado de 300 mil millones de dólares.

El gobierno de Trump sería el único verdaderamente satisfecho con esta opción. La oposición demócrata mira la propuesta con desconfianza y pesimismo, la mayor parte de los gobiernos europeos ss mantienen escépticos, en tanto que la administración israelí de Benjamin Netanyahu la rechaza de plano, comprometida como está con sus recurrentes ataques en el sur de El Líbano.

El clima que prepondera en Occidente es que Estados Unidos estaría haciendo demasiadas concesiones frente a una nación con la que se mantuvo en una guerra abierta en estos últimos tres meses. El sentimiento es legítimo: implica nada menos que el reconocimiento del triunfo militar de Irán, principalmente, a partir de una estrategia de supervivencia frente al asedio de la mayor potencia bélica del planeta.

Ante los distintos puntos negociados del acuerdo, todavía subsisten dudas y preguntas. Por estas horas, la principal inquietud es sobre quién o quiénes se harían cargo del pago de 300 mil millones de dólares, concebidos como un incentivo para la reconstrucción económica del país.

Añadido a lo anterior, las dudas, más bien técnicas, apuntan a las posibilidades concretas sobre un traspaso de estas características en un sistema financiero que en los últimos años se afianzó a escala global a partir del marginamiento de naciones como Irán que, al ser identificada como una amenaza para Occidente, se encuentran en la lista negra del Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI) y están totalmente excluidas del sistema de transferencias interbancarias (SWIFT).

Más allá de estos puntos a ser resueltos en un plazo no mayor a los sesenta días, las negociaciones finales establecen la liberación de la mitad de los activos financieros congelados de Irán y la suspensión de las sanciones petroleras.

Se trata del clásico esquema empresarial de Trump: “quid pro quo”. En otros términos, Teherán recibirá beneficios económicos a cambio de una pacificación efectiva y de reformas puntuales y focalizadas, principalmente, en lo que tiene que ver con el enriquecimiento de uranio para la producción de armas atómicas.

Sin embargo, sin reformas legales ni financieras de fondo, lo cierto es que el prometido apoyo económico permanecerá bloqueado y sin acceso real a la economía iraní, afectada desde hace varios años por una inflación creciente y el aumento de la pobreza y la precarización, y golpeada seriamente por la guerra en estos últimos meses.

A lo anterior se suma que el Estado persa no gestiona directamente la infraestructura industrial pesada, sino que lo hace través del que fue uno de los principales enemigos a derrotar por el Pentágono: la Guardia Revolucionaria Islámica que, además de monopolizar los sectores de la construcción y la industria, opera las terminales portuarias y las grandes cadenas de suministro, donde el petróleo y el gas tienen un papel central.

Sin duda, se trata de un condicionante que, desde Occidente, genera dudas y preocupación al ser considerado como una suerte de premio o de indemnización sin justificación alguna.

La iniciativa de Trump plantea que gran parte del paquete de reconstrucción de los 300 mil millones de dólares provenga de los estados árabes del Golfo, en particular, de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Qatar. Para que no queden dudas, el caudillo republicano reafirma, una y otra vez, que ningún contribuyente de los Estados Unidos solventará la reconstrucción de Irán.

La elección de gobierno norteamericano no es neutral ni mucho menos ingenua, ya que se trata de aquellos Estados árabes que no sólo debieron lidiar con las repercusiones económicas del conflicto, sino que, además, debieron hacer frente a la posibilidad de un ataque directo desde Irán.

Para la Casa Blanca, los Estados del Golfo se verán forzados a colaborar no tanto en un esquema empresarial clásico de costo y beneficio, sino como un seguro a futuro.

Al fin y al cabo, las inversiones que realicen serán menos cuantiosas que los gastos originados en cualquier otra guerra, más aún, cuando Irán ya demostró con creces su capacidad para afectar las rutas marítimas, los mercados financieros y, sobre todo, la infraestructura crítica en todo el Golfo, especialmente, en lo que se relaciona con la exportación de los vitales recursos energéticos.

Según esta estrategia, el paquete de reconstrucción no sólo servirá para apoyar el alto el fuego sino que, al mismo tiempo, generará una rentabilidad financiera a partir de la supervivencia económica de Irán, contribuyendo así a consolidar la estabilidad de una de las regiones más complejas del planeta.

En tanto que, para los gobiernos políticamente enfrentados con Irán será la oportunidad, además, para intervenir directamente en la reconstrucción de la nación persa e, incluso, de contribuir a moldear su economía futura. Se trata de la máxima utopía trumpeana: el sueño de reemplazar las diferencias entre sunnitas y chiitas mediante la libertad y la armonía de las fuerzas del mercado.

Se anticipa, además, que la posibilidad de financiamiento internacional para la reconstrucción de la infraestructura iraní concitará el interés de proveedores internacionales, principalmente, corporaciones estadounidenses, europeas y, en menor medida, también indias, mientras se intenta marginar a las empresas chinas que tradicionalmente han contribuido a sostener la economía iraní.

Irán triunfó militarmente sobre el eje Estados Unidos-Israel. Sin embargo, el verdadero éxito es de Trump, que aprovechó la crisis económica en la que se encuentra Irán para comenzar a occidentalizar su economía y, sobre todo, para abrirla a flujos financieros que difícilmente hubieran arribado a ese país antes del conflicto.

El remate de esta historia no deja de resultar irónico. Durante más de dos décadas, Estados Unidos y sus aliados europeos centraron sus esfuerzos en la construcción de una estructura financiara mundial capaz de aislar a Irán.

En cambio, ahora, frente a un nuevo escenario global, están urgidos por reconectar a la nación persa dentro de los flujos de la economía internacional, principalmente, bajo control externo y, si es posible, resquebrajando su histórica alianza con Rusia y con China.

 

 

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